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Esclavitud afectiva: clínica y tratamiento de la sumisión

Hugo Bleichmar

Vivir para la realización de un proyecto personal  que incluya al otro/a  
y no tener como proyecto automático que el otro/a nos quiera o no se enoje.

Sentir la legitimidad de lo que somos, de nuestros deseos
y no ser definidos en nuestra identidad por los deseos y preferencias del otro/a

Hay una condición que atraviesa nuestro ser desde la más temprana infancia hasta la muerte: el sometimiento al otro/a producido por el miedo a su respuesta emocional, a que no nos valide, a que frustre nuestros deseos de intimidad, a que nos castigue con la pérdida de amor, con la descalificación brutal, con su furia, con el abandono. Basta adentrarnos en la vida de pareja para comprobar el profundo sufrimiento que se deriva de estar pendiente de la respuesta emocional del otro/a. Es una continuación, a veces casi sin modificación alguna, del mundo emocional del bebé, quien es moldeado por la mirada de sus otros significativos dado que la única referencia que tiene sobre su ser es el estado de ánimo de ese otro. No tiene forma de saber que el humor cambiante de los que le rodean, el fastidio o el amor que experimentan hacia él, son más el producto de necesidades y estados internos del otro que de su propia conducta y valía. Esa es la marca que llevamos como núcleo duro de nuestro ser y que determina nuestra reacción emocional ante el otro, nuestro continuo temor en la pareja, en la amistad, incluso en el encuentro fugaz con alguien que no volveremos a ver. Esta condición básica, común a todos los seres humanos, adquiere niveles extremos cuando la pareja reúne las características que en esta página web describen al colonizador emocional

Nuestra vida está marcada por la conflictiva del sometimiento, por los intentos de lidiar con las angustias que nos produce la dependencia emocional y con las angustias generadas al intentar desprendernos de aquellos a los cuales nos sometemos. Es lo que explica por qué hay sumisión a una pareja que no responde a necesidades emocionales legítimas, o que tiene frecuentes estallidos de agresividad, o es infiel, o llega a formas brutales de maltrato, sumisión que requiere del autoengaño para poder continuar soportando esas condiciones, fabricándose, una y otra vez, argumentos que hagan creer a la razón de la persona sometida que no es cierto lo que sí sabe: que se sufre en esa relación, que el miedo a la separación –soledad, indefensión, sentimientos acerca de la imposibilidad de conseguir otra pareja- es capaz de imperar por encima de cualquier sufrimiento.

El término sumisión se refiere a una gama muy amplia de fenómenos, no sólo a los casos más extremos en que alguien es dominado totalmente por el otro/a, aceptando sus deseos, sino a algo mucho más frecuente, cotidiano: la angustia que experimentamos frente al otro/a, la inhibición en expresarnos, la mirada atenta con temor a los gestos del otro/a, a lo que dice, a su tono de voz, a su cara. El otro/a es escudriñado/a inconscientemente de manera constante para ver si está conforme/satisfecho con nosotros. Sumisión al otro/a es lo que impide dejar fluir lo que somos, lo que deseamos, lo que pensamos, lo que sentimos.

El gran desafío que todos debemos afrontar es cómo seguir en relación, cómo mantener el vínculo, cómo escuchar al otro/a, cómo tener en cuenta lo que el otro/a siente y piensa, y todo ello sin renunciar a ser uno mismo, diferente de ese otro, con nuestras limitaciones pero con nuestros valores.

Estamos condicionados para creer que lo que el otro siente frente a nosotros –su entusiasmo o su rechazo, su deseo de acariciarnos o la reticencia a nuestras caricias- testimoniarían sobre lo que somos: si somos dignos de ser queridos o no, sin darnos cuenta que, en verdad, lo único que indican es lo que le pasa al otro.

Las manos de alguien que nos acaricia testimonian de una necesidad de éste y no sólo del deseo despertado por las cualidades de lo que somos ¿Y si, en otro momento, o para siempre, no desea acariciar porque no encajamos en los moldes de sus preferencias? ¿Una llave que no encaja en una cerradura debería "sentirse" mal, pensando que es defectuosa? ¿Debería la llave insistir ante la cerradura para que la acepte? ¿No debería buscar la cerradura en la que sí encaje?

Desgraciadamente, los seres humanos, por crecer en un mundo en que nos es vital que las pocas figuras que nos rodean nos acepten, nos quieran, nos valoren –no puede ser de otro modo- arrastramos esa condición y no llegamos a saber emocionalmente que el mundo que ahora nos rodea es más amplio que el infantil, que si alguien no nos quiere siempre encontraremos a alguien que sí goce estando con nosotros. Las necesidades/deseos que tenemos de intimidad de distinto tipo -acariciar, besar, ser acariciados, ser besados, dormir junto a alguien, tener relaciones sexuales, compartir estados de ánimo, experiencias, etc.- hacen que la ausencia de la pareja, o la sola anticipación de que ello pudiera suceder, desencadene un estado de necesidad imperiosa semejante al provocado por la abstinencia en cualquier adicción. De ahí lo difícil que resulta desprenderse de una pareja que junto al maltrato o a la frustración que produce alterna éstos con momentos en que vuelve a proporcionar satisfacción suficiente para mantener la adicción. No es una cuestión en la que se pueda considerar que la persona niegue la patología del otro/a sino que, aun sabiendo de ella, no puede resistir la presión de su propia necesidad de contacto con el otro, que es como una especie de droga.

Pero éste no es un destino inexorable, se abre la posibilidad de la liberación de esta condición mediante un proceso de cambo que, tras un primer tiempo de comprensión intelectual de las condiciones que nos empujan al sometimiento, llega a ser  verdad encarnada en la vivencia, verdad emocional, de que podemos recuperar nuestro ser de la sumisión al otro.

Publicado
el 16-09-2016
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